El ojo de la espiral VII
VII. Habitar el silencio
Luna nueva de julio, 2026
Somos muchas las personas que creemos tener dominio sobre nuestra identidad. Al menos, eso es lo que yo creía. Pero cuando el miedo se vio desarticulado y perdió influencia sobre mí, la manera en la que me había percibido y la identidad que había creído tener hasta entonces simplemente se desdibujaron. Dejé de necesitar, incluso, los elementos que ayudaban a mantenerla. En ese momento vi con claridad que mi ser nunca se había fundamentado en aquellas ideas. Tras atestiguar el desprendimiento de lo que durante tanto tiempo había sostenido tuve la impresión de haber cambiado. Sin embargo, lo que soy no lo había hecho.
Al mismo tiempo que esta revelación permeaba mi vida, se asentaban en mí sus implicaciones. Me permití descansar en el lugar al que había llegado, sin aspirar a estar en ningún otro, sólo aceptando lo que en ese momento era. Estando ahí me llamó la atención que la prisa, que en un inicio estaba tan presente, había desaparecido. En aquel entonces ya había comprendido que los procesos tienen su propio tiempo, que es inútil intentar apurar nada. Y esta vez pude dejar que las cosas siguieran su ritmo. Una nueva fuerza se configuraba y yo estaba ahí para acompañarla. Aunque durante este período tuve la impresión de que el proceso se volvía más lento, también entendí que dejar decantar los descubrimientos es una meseta que se necesita transitar. Si bien el ritmo había cambiado, lo cierto era que el recorrido aún no había terminado.
No se podrá negar que adquirir experiencia es algo imposible si no es sintiéndola a través del cuerpo. Tampoco se negará que, en tanto que la sabiduría proviene de la experiencia, es sólo a través de nuestro cuerpo que ella es posible. Del mismo modo, no habrá ninguna duda acerca de la cualidad de la mente para organizar dicha experiencia. Pero lo que no es el caso es que la mente centralice el saber, pues éste sólo es posible teniendo el sabor de lo experienciado o, lo que es lo mismo, incluyendo al cuerpo. Por ello es que, después de ciertas vivencias, se hace necesario decantar, dar espacio para que cuerpo y mente se armonicen, hagan una digestión conjunta. En este trabajo interior se abre la posibilidad de arribar a un saber, uno que no se venza nada más poner en cuestión las ideas y las emociones, o a la mente y al cuerpo por separado, sino un saber capaz de resistir a una transformación radical. Al menos, algo cercano a esto fue lo que experimenté.
Mientras que, tiempo atrás, mi actitud ante el misterio había sido de evasión y retracción, la reciente aceptación al devenir me dejó con una sensación distinta. Tenía una relajación y disposición a sostener lo que aconteciera, que se expresaba en mi cuerpo como apertura. Además, sentía una entrega a la experiencia, surgida de la confianza a la fuerza que me erguía desde dentro. Gracias a esa entrega pude escuchar el silencio, un silencio que no era sólo mental, sino corporal, y cuya resonancia lo impregnó todo. Habitar el cuerpo fue, a partir de entonces, un modo de habitar el silencio.
Llevar el conocimiento de la mente al cuerpo, lo mismo que el saber del cuerpo a la mente, hizo que el asentamiento fuera más integral, lo que me brindó una fuerte sensación de solidez y unidad. En esta nueva posición, por voluntad y con curiosidad, volví a atreverme a hacer silencio y, simplemente, entregarme al misterio.
Zuleika Lovera
Zuleika Lovera es filósofa asesora especializada en acompañar procesos de autoconocimiento integral, donde mente, cuerpo y espíritu se entrelazan para promover un cambio de conciencia profundo.
Desde su práctica, ofrece espacios cálidos de diálogo y reflexión para integrar lo que emerge del interior en armonía con la vida cotidiana.
Trabaja tanto de forma individual como grupal, presencial y en línea, abriendo puertas a nuevas formas de ser y pensar.

